Ya tocaba hablar de uno de los grandes iconos del rock, una referencia atemporal de lo más genuino, libre de toda contaminación, de este sonido que nos apasiona. Y es que Hendrix fue uno de esos que se cree lo que hace hasta identificarse con ello, y se confunde la persona con el personaje. Como otros, de los que aquí hablamos con frecuencia, hizo del rock una actitud interna, una cuestión de urgencia existencial, y no supo gestionar la fama del músico, ese estado de gracia que es en realidad un grave problema psicológico, ante el que pocos tienen la fortaleza mental y la suerte de reaccionar con sentido común.El caso es que este extraño cruce de sangre india y afro, curtido en grabaciones y giras con los más grandes de la escena americana, irrumpirá como elefante en cacharrería en el star system británico de los 60's. Un autentico prodigio de la Fender, pero no ciertamente un simple interprete virtuoso. Aquí está la prueba feaciente.
Este disco es una grabación revolucionaria y fundamental que brilla por el uso rupturista del instrumento, para Jimi simple prolongación de su cuerpo, y por su fondo compositivo. Un disco de afiladas aristas, alejado de la complacencia, que invita a la aventura y al desvirgado emocional de una vida a tumba abierta. Canciones bañadas por la angustia existencial y cimentadas sobre el más rocoso subsuelo soul y blues, que el productor Chas Chandler (bajista de The Animals y manager del grupo) sabe leer en profundidad, abriendo las puertas a la psicodelia más salvaje. De aquí surge un álbum iniciático, un disco-faro que culminará con la otra maestra, de la que hablaremos en otra ocasión.
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