Puede que en este blog se use con más frecuencia de la deseable la expresión "obra maestra". Pero este es uno de esos casos en los que uno está seguro de no equivocarse en el juicio. Porque sin esta "sinfonía para Dios" no es posible entender la historia de la música popular. Es el trampolín necesario para el salto del pop a la edad adulta. Es la banda sonora de la pérdida de la inocencia en aquella California hippy, colgada de su sueño libertario y hedonista; ilusión lisérgica bañada por el sol y la naturaleza. Trece canciones majestuosas para despertar a la realidad de la servidumbre consumista, melancolía de una juventud imposible de retener.En Brian Wilson, su autentico artífice, se suman, como en muy pocos genios, dos talentos portentosos: la composición y la producción. Es uno de esos iluminados, ninguneado e incomprendido, que a fuerza de intentarlo, por fin consigue destapar todo su talento. Arrastrando a regañadientes a toda una legión de músicos por un extraño camino que sólo él conoce, conseguirá traducir visiones en sinfonias primorosas. Y, en un ejercicio cuasi sagrado de creación musical, parirá insólitas odas juveniles al Altísimo .
Muy lejos de donde rompen las olas en el paraíso surfer, no es nada extraño que la repercusión comercial del disco fuera frustrante. Pero cuarenta y dos años más tarde aún palpita aquí la emoción más sincera que se ha grabado nunca. Simplemente el mejor.
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